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pues, en efecto, seremos revestidos y no nos quedaremos desnudos.

El cuerpo terrenal que ahora tenemos nos hace gemir y suspirar, ya que no queremos desvestirnos de este cuerpo. Preferimos revestirnos del nuevo cuerpo, de manera que nuestro cuerpo mortal sea absorbido por la vida. Dios nos ha preparado para esto y nos ha dado su Santo Espíritu como garantía de sus promesas.

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